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La maldición de Tutankamón: qué pasó de verdad al abrir la tumba del faraón niño

En 1922, un arqueólogo a punto de rendirse encontró la tumba de un faraón casi intacta, llena de oro. Meses después murió el hombre que pagaba la excavación, y los periódicos hablaron de una maldición. Un médico la puso a prueba ochenta años después.

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La máscara funeraria de oro de Tutankamón, con franjas azules en el tocado, expuesta en una vitrina
La máscara de oro de Tutankamón, hoy en Egipto. Foto: Dawid Wdowczyk (CC BY 4.0, Wikimedia Commons).

En resumen

  • Qué: la tumba de Tutankamón, un faraón de Egipto que murió joven hace más de 3.300 años. Es la única tumba de un faraón hallada casi sin tocar en la época moderna.
  • Quién la encontró: el arqueólogo británico Howard Carter, en noviembre de 1922, pagado por un aristócrata inglés, Lord Carnarvon, que ya pensaba dejar de financiarlo.
  • La «maldición»: Carnarvon murió en abril de 1923 por una picadura de mosquito infectada, y la prensa habló de la venganza del faraón.
  • Lo que dice la ciencia: en 2002, un estudio publicado en la revista médica BMJ comparó a los que estuvieron en la tumba con los que no. No vivieron menos.

La última oportunidad

El Valle de los Reyes, junto a Luxor, en Egipto, es un barranco desértico donde se enterraron los faraones durante siglos. A principios del siglo XX, casi todas sus tumbas ya se habían encontrado, y casi todas habían sido saqueadas en la Antigüedad. En 1914, el excavador estadounidense que tenía el permiso, Theodore Davis, lo dejó con una frase: «Me temo que el Valle de las Tumbas está agotado».

Howard Carter no lo creía. Estaba convencido de que faltaba la tumba de un faraón poco conocido, Tutankamón, y de que estaba en una zona del valle que nadie había excavado hasta el fondo. Con el dinero de un aristócrata inglés, Lord Carnarvon, empezó a buscarla en 1917. Tuvo que mover decenas de miles de toneladas de escombros que habían dejado otros excavadores.

Pasaron cinco temporadas y apenas encontró nada. En el verano de 1922, Carnarvon, cansado, invitó a Carter a su castillo de Highclere, en Inglaterra, con la idea de terminar. Según Smithsonian, Carter lo convenció de pagar una última temporada: le habló de un sitio que había dejado sin excavar, bajo unas chozas de obreros de la Antigüedad.

Un escalón en la roca

Carter empezó el 1 de noviembre de 1922, justo en esas chozas. El sábado 4 de noviembre llegó a la excavación hacia las diez de la mañana y encontró a sus obreros, normalmente ruidosos, en silencio. Pensó que había pasado algo malo. Uno de sus capataces egipcios, Ahmed Gerigar, le explicó: habían encontrado un escalón tallado en la roca.

Siguieron cavando y apareció una escalera que bajaba. Al día siguiente, al atardecer, llegaron a una puerta tapiada con piedras y yeso, con los sellos de la necrópolis real intactos. Carter abrió un agujero pequeño y miró con una linterna: el pasillo estaba lleno de escombros. Nadie había entrado desde que los sacerdotes lo cerraron.

No podía seguir sin su patrón. Volvió a tapar el agujero y mandó un telegrama a Carnarvon: «Por fin he hecho un descubrimiento maravilloso en el Valle; una tumba magnífica con los sellos intactos; vuelta a cubrir hasta su llegada. Enhorabuena».

«Cosas maravillosas»

Carnarvon y su hija Evelyn llegaron a Luxor el 22 de noviembre. Al bajar del todo la puerta aparecieron los sellos con el nombre de Tutankamón. Detrás había un pasillo de unos nueve metros, y al final, otra puerta sellada.

El 26 de noviembre, Carter abrió un agujero en la esquina de arriba. Metió una vela para comprobar que el aire se podía respirar, y miró. El aire caliente que salía hacía temblar la llama. Poco a poco, en la penumbra, empezaron a aparecer formas: estatuas negras con faldas y sandalias de oro, camas doradas con cabezas de animales, cofres pintados, un trono de oro, carros desmontados que brillaban. Carnarvon no aguantó más: «¿Ve usted algo?».

La muerte de Lord Carnarvon

Vaciar la tumba llevó años: cada objeto se fotografiaba, se anotaba y se protegía, porque muchos se deshacían al tocarlos. Lord Carnarvon no lo vio terminar.

En marzo de 1923, en el Valle de los Reyes, le picó un mosquito. Según el Instituto Griffith de la Universidad de Oxford, que guarda el archivo de la excavación, la picadura se infectó; Carnarvon se fue a El Cairo, donde tuvo una erisipela, una infección de la sangre y después una neumonía. Tuvo varias mejorías, pero murió el 5 de abril de 1923.

Nace la maldición

Su muerte desató una tormenta en los periódicos de todo el mundo: era la venganza del faraón por haber profanado su tumba. Según el estudio del BMJ, la prensa de la época atribuyó a la maldición cualquier muerte relacionada, por lejana que fuera. Hasta se contó que el perro de tres patas de Carnarvon aulló y murió a la misma hora que su amo.

La idea no era nueva. Según el mismo estudio, la «maldición de la momia» venía de la literatura: en 1869, Louisa May Alcott, la autora de «Mujercitas», había publicado un cuento titulado «Perdidos en una pirámide: la maldición de la momia». Carter, por su parte, no tenía paciencia con esas historias: «Toda persona sensata debería rechazar esos inventos con desprecio», escribió.

Un médico pone a prueba la maldición

En 2002, el médico Mark Nelson publicó en el BMJ, una de las revistas de medicina más importantes del mundo, un estudio para comprobarla. Usó los propios escritos de Carter para encontrar a 44 occidentales que estaban en Egipto en los momentos clave de la excavación. De ellos, 25 estuvieron presentes cuando se rompieron los sellos, se abrió el sarcófago o se examinó la momia: los «expuestos» a la maldición.

El resultado: los expuestos murieron, de media, a los 70 años; los demás, a los 75. Una diferencia que, estadísticamente, no significa nada. Tampoco murieron antes después de estar en la tumba. Su conclusión fue clara: no hay ninguna prueba de que la maldición exista.

Lo que no se sabe

El estudio tiene límites, y su autor los reconoce: sabía más de los que estuvieron en la tumba que de los demás, y del grupo «no expuesto» solo encontró la fecha de muerte de algo más de la mitad. Pero ya en 1934 un egiptólogo del Museo Metropolitano de Nueva York, Herbert Winlock, señaló que de las personas presentes al abrirse la tumba solo seis habían muerto. Y Carter, el que más tiempo pasó dentro, siguió trabajando en ella durante años.

Si te gustan los misterios del antiguo Egipto, lee también quién construyó de verdad las pirámides. Y si te interesan las momias, la de Ötzi, el hombre de hielo, es aún más antigua.

Fuentes y referencias

  • Smithsonian Magazine (2022). How Howard Carter Discovered King Tut's Golden Tomb. Theodore Davis, la búsqueda de Carter, la última temporada, el escalón del 4 de noviembre, el telegrama, el 26 de noviembre y las distintas versiones de «cosas maravillosas», a partir de los diarios del Instituto Griffith.
  • Instituto Griffith, Universidad de Oxford. Lord Carnarvon. Su relación con Carter y su muerte: el mosquito, la erisipela, la septicemia y la neumonía, el 5 de abril de 1923.
  • Nelson, M. R. (2002). The mummy's curse: historical cohort study. BMJ, 325: 1482-1484. El estudio: los 44 occidentales, los 25 expuestos, las edades de muerte, la prensa, el perro de Carnarvon, Louisa May Alcott, la cita de Carter y la observación de Winlock en 1934.

Preguntas frecuentes

¿Existe la maldición de Tutankamón?

No hay ninguna prueba. Un estudio publicado en el BMJ en 2002 comparó a las 25 personas que estuvieron en los momentos clave de la apertura de la tumba con otras que estaban en Egipto: los primeros murieron de media a los 70 años y los segundos a los 75, una diferencia sin valor estadístico.

¿De qué murió Lord Carnarvon?

De una picadura de mosquito que se infectó en marzo de 1923. Le causó una erisipela, una infección de la sangre y una neumonía, y murió en El Cairo el 5 de abril de 1923.

¿Quién descubrió la tumba de Tutankamón?

El arqueólogo británico Howard Carter, financiado por Lord Carnarvon. Sus obreros egipcios encontraron el primer escalón el 4 de noviembre de 1922, y el 26 de noviembre Carter vio por primera vez el interior.

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