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Juliane Koepcke: la chica que cayó 3.000 metros sobre la selva de Perú y salió caminando

La Nochebuena de 1971, un rayo alcanzó su avión sobre la Amazonía peruana. Tenía 17 años, cayó atada a su asiento y despertó sola en la selva. Lo que su padre le había enseñado la sacó de allí once días después.

📅 Publicado el · ⏱ 8 min de lectura

Fotografía en blanco y negro de una cabaña de techo de palma rodeada de árboles de la selva amazónica
Panguana, la estación de investigación de los padres de Juliane en la selva peruana, en 1971. Foto: Maria o Hans-Wilhelm Koepcke (CC BY-SA 3.0, Wikimedia Commons).

En resumen

  • Quién: Juliane Koepcke, una chica de 17 años, hija de dos biólogos alemanes que trabajaban en Perú.
  • Qué pasó: el 24 de diciembre de 1971, el vuelo 508 de LANSA se rompió en el aire durante una tormenta sobre la Amazonía. Ella cayó desde unos 3.000 metros, atada a su fila de asientos.
  • Cómo se salvó: con una clavícula rota y sin gafas, siguió el agua río abajo durante 11 días, como le había enseñado su padre, hasta que unos leñadores la encontraron.
  • Por qué importa: de las 92 personas a bordo, fue la única que sobrevivió. Es el peor desastre aéreo causado por un rayo de la historia.

Un vuelo de Nochebuena

Juliane Koepcke había nacido en Lima. Sus padres eran dos biólogos alemanes del Museo de Historia Natural de la capital peruana: su madre, Maria Koepcke, era ornitóloga, una experta en aves; su padre, Hans-Wilhelm Koepcke, zoólogo. En 1968 habían conseguido algo poco común: permiso para estudiar durante cinco años un trozo de selva virgen, junto al río Yuyapichis. Montaron allí una estación de investigación y la llamaron Panguana, el nombre local de un ave parecida a una perdiz que fascinaba a Maria.

Juliane vivió allí año y medio y aprendió a moverse por la selva. Luego volvió a Lima para terminar el colegio. Pidió a sus padres retrasar el viaje de Navidad hasta el 24 de diciembre para poder ir a su fiesta de graduación. Así que la mañana de Nochebuena de 1971, ella y su madre subieron al vuelo 508 de LANSA, un Lockheed Electra de hélices que iba de Lima a Pucallpa, la ciudad desde la que se llegaba en barca a Panguana. Su padre las esperaba allí.

El avión salió con siete horas de retraso. Ellas iban en la penúltima fila, Juliane junto a la ventanilla.

«Esto es el final»

Según contó ella a la BBC en 2012, de pronto entraron en una nube muy negra. Su madre estaba nerviosa; a Juliane le gustaba volar. Diez minutos después, el avión saltaba de arriba abajo. Caían paquetes y maletas, y volaban por la cabina regalos, flores y pasteles de Navidad. Había relámpagos alrededor. Madre e hija se dieron la mano sin poder hablar.

Entonces Juliane vio una luz blanca muy brillante en uno de los motores. Su madre dijo, muy tranquila: «Esto es el final, se acabó». Fue lo último que le oyó decir.

El avión cayó en picado. Hubo gritos, el rugido de los motores… y de pronto, silencio. Juliane estaba fuera del avión, en caída libre, todavía atada a su fila de tres asientos y cabeza abajo. Solo oía el viento. Veía la selva girando hacia ella. Después, nada.

La caja negra mostró más tarde que el avión se había roto en el aire hacia las 12:45, unos 15 minutos antes de aterrizar, y que ella había caído desde unos 3.000 metros.

¿Cómo sobrevivió a la caída?

Nadie lo sabe con certeza. Lo que se cree, según recoge The Guardian, es que la fila de asientos giró como una hélice durante la caída, la frenó un poco y amortiguó el choque contra las copas de los árboles.

Juliane despertó empapada de barro, debajo de sus asientos. Tenía una conmoción cerebral, la clavícula rota, un ligamento de la rodilla izquierda roto y un corte profundo en el brazo. Había perdido las gafas, que llevaba desde niña, y tenía un ojo cerrado por la hinchazón. Lo primero que pensó, según contó, fue: «He sobrevivido a un accidente de avión». Llamó a su madre. Solo le respondieron los ruidos de la selva.

Esos ruidos fueron su primera suerte. Los reconoció: cigarras, ranas venenosas, pájaros que conocía de Panguana. Había caído a unos 50 kilómetros de la estación de sus padres, en una selva que ellos conocían mejor que nadie.

Once días siguiendo el agua

Iba con un vestido corto sin mangas, el que había comprado para su fiesta de graduación, y una sola sandalia. La usaba para tantear el suelo delante del pie descalzo, por miedo a las serpientes, que en el suelo de la selva parecen hojas secas, y a las rayas que se esconden en el barro de los ríos.

Cerca del lugar del choque encontró una bolsa de caramelos. Fue lo único que comió en todo el camino. Oía pasar los aviones de rescate, pero sabía que bajo aquellos árboles nadie la vería. Tenía que moverse. Y entonces oyó un goteo: un hilo de agua que salía de la tierra.

Recordó lo que le había dicho su padre si alguna vez se perdía en la selva: «Si encuentras agua que corre, no la pierdas de vista. El arroyo te llevará a un riachuelo, el riachuelo a un río, y en el río encontrarás gente». Eso hizo. Caminó por dentro del agua, que era más seguro, días enteros.

Al cuarto día oyó aterrizar a un zopilote rey, un buitre grande. Sabía lo que significaba: había muertos cerca. Al doblar un recodo encontró una fila de asientos con tres pasajeros clavados de cabeza en la tierra. Era la primera vez que veía un cadáver. Pensó que una podía ser su madre, la tocó con un palo y vio que la mujer llevaba las uñas de los pies pintadas. Su madre nunca se las pintaba. Sintió alivio, contó después, y luego vergüenza por sentirlo.

Se le acabaron los caramelos. Se le infectó la herida del brazo: tenía gusanos dentro. Cada vez más débil, acabó dejándose llevar por la corriente de un río más grande, entre caimanes que se echaban al agua cuando ella se acercaba.

La barca, la cabaña y la gasolina

Hacia el décimo día, tumbada en una orilla, vio una barca. Creyó que estaba alucinando. Era real. Junto a ella salía un sendero que llevaba a una cabaña con techo de palma, un motor fuera borda y un poco de gasolina.

Juliane recordó que una vez su perro tuvo una herida con gusanos, y que su padre la curó con queroseno. Así que sorbió gasolina del depósito con un tubo y se la echó en la herida del brazo. El dolor fue terrible. Sacó unos 30 gusanos, de un centímetro cada uno. Después se quedó a dormir allí.

Al día siguiente oyó voces de hombres. Eran cinco cazadores y leñadores de la zona que se habían refugiado allí por un aguacero. Al verla se asustaron: creyeron que era un ser de las leyendas del río, mitad delfín rosado y mitad mujer rubia. Ella les habló en español y les contó quién era. La curaron, le dieron de comer y al día siguiente la sacaron de la selva camino del hospital.

La única superviviente

Al día siguiente de su rescate, su padre llegó al hospital. Según contó ella, casi no podía hablar: solo se abrazaron. El 12 de enero de 1972 encontraron el cuerpo de su madre.

De las 92 personas que iban a bordo, Juliane fue la única superviviente. Pero no la única que sobrevivió a la caída: según recoge Snopes, hay indicios de que otros pasajeros, entre ellos su madre, llegaron vivos al suelo. Estaban demasiado heridos para moverse y murieron esperando un rescate que no llegó a tiempo. «Me da miedo pensar cómo fueron sus últimos días», dijo Juliane.

Como Violet Jessop, que sobrevivió a tres desastres de barco, cargó toda su vida con la pregunta de quien se salva solo. «Como única superviviente, vuelves una y otra vez a la misma pregunta: ¿por qué yo?», contó a The Guardian en 2024.

Lo que no se sabe

Hay detalles que cambian según el relato. A la BBC le contó que la luz salió del motor exterior izquierdo; en el relato de The Guardian, el rayo alcanzó el ala derecha. Unas versiones hablan de 10 días en la selva y otras de 11, según se cuente hasta que encontró la cabaña o hasta que la rescataron. Y aunque la historia siempre habla del rayo, el avión entró a propósito en una tormenta muy fuerte: qué pesó más en que se rompiera, el rayo o la tormenta, es algo que cada fuente cuenta a su manera. Lo seguro es lo esencial: cayó desde unos 3.000 metros y salió de la selva por su propio pie.

Después de la selva

En Perú la convirtieron en una celebridad: los periodistas la esperaban en todas partes, y había gente que le pedía tocarla por la calle. Su padre la animó a irse a Alemania para vivir tranquila. Durante años no quiso dar entrevistas, le costó volver a subirse a un avión y tardó 14 años en regresar a Perú.

Se hizo bióloga, como sus padres. Después de rodar el documental con Herzog, decidió seguir su obra. Hoy, con su nombre de casada, Juliane Diller, dirige Panguana: la estación es un área de conservación reconocida por el Gobierno peruano, que ha pasado de 1,8 a unos 26 kilómetros cuadrados. En 2019, Perú le concedió la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos por su trabajo científico en la Amazonía.

«Hay quien piensa que la selva es un lugar hostil, un infierno verde», dijo a The Guardian. «Para mí fue lo contrario: me salvó la vida». Si te gustan las historias de aviones y desapariciones, lee también la de Amelia Earhart, que se esfumó en el Pacífico con otro Lockheed Electra, y la del vuelo 19.

Fuentes y referencias

Preguntas frecuentes

¿Desde qué altura cayó Juliane Koepcke?

Desde unos 3.000 metros, según la caja negra del avión. Cayó atada a su fila de asientos, que pudo frenar la caída al girar, y las copas de los árboles de la selva amortiguaron el golpe.

¿Cuántos días estuvo perdida en la selva?

Once días. Caminó siguiendo un arroyo y luego un río, como le había enseñado su padre, hasta encontrar una cabaña, donde la hallaron cinco leñadores al día siguiente.

¿Sigue viva Juliane Koepcke?

Sí. Con su nombre de casada, Juliane Diller, es bióloga en Alemania y dirige Panguana, la reserva de la selva peruana que fundaron sus padres.

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