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Hiroo Onoda: el soldado japonés que siguió en guerra 29 años después de que terminara

La Segunda Guerra Mundial acabó en 1945. Para el teniente Onoda, escondido en una isla de Filipinas, no terminó hasta 1974.

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Hiroo Onoda, con gorra y uniforme gastado, entrega su espada al presidente de Filipinas Ferdinand Marcos ante fotógrafos en 1974
Marzo de 1974: Onoda entrega su espada al presidente filipino Ferdinand Marcos. Foto: Palacio de Malacañang (dominio público).

En resumen

  • Quién: Hiroo Onoda, oficial de inteligencia del ejército japonés, nacido en 1922 en Wakayama.
  • Qué pasó: desde 1944 hizo la guerra de guerrillas en la isla filipina de Lubang y no creyó que la guerra había terminado. Siguió allí casi 30 años.
  • Cómo acabó: en marzo de 1974 su antiguo comandante viajó hasta la isla para anularle la orden en persona. Solo entonces se rindió.
  • La otra cara: en esos años mató a unas 30 personas de la isla, según la prensa de la época. Filipinas lo indultó, pero muchos vecinos nunca lo perdonaron.

Una orden que no caducaba

En diciembre de 1944, la guerra en el Pacífico estaba perdida para Japón. Las tropas de Estados Unidos avanzaban por Filipinas, y el joven teniente Hiroo Onoda, de 22 años, fue enviado a Lubang, una isla pequeña al suroeste de Manila. Su misión no era morir peleando, como se esperaba de tantos soldados japoneses. Era otra, y él la explicó así muchos años después en una entrevista con la cadena australiana ABC:

«Todo soldado japonés estaba preparado para morir, pero a mí, como oficial de inteligencia, se me ordenó hacer la guerra de guerrillas y no morir».

Esa diferencia lo cambió todo. Cuando las tropas estadounidenses llegaron a la isla, a principios de 1945, Onoda y tres soldados más se metieron en la selva de las montañas. Tenían órdenes de aguantar, espiar y esperar a que el ejército japonés volviera a por ellos. Nadie volvió.

¿Por qué no creyó que la guerra había terminado?

Japón se rindió en agosto de 1945. Sobre la selva de Lubang cayeron octavillas que lo anunciaban, y más tarde llegaron grupos de búsqueda, mensajes de sus familias y periódicos de Japón. Onoda lo rechazó todo. Para él eran trucos del enemigo:

«Las octavillas que tiraron estaban llenas de errores, así que pensé que era una trampa de los estadounidenses», contó en la misma entrevista.

Su formación como espía le había enseñado justo eso: que el enemigo intenta engañarte. Y había algo más, que él mismo reconoció: el orgullo. «Me hice oficial y recibí una orden. Si no podía cumplirla, sentiría vergüenza. Soy muy competitivo», dijo.

Así, lo que para el resto del mundo era la posguerra, para el pequeño grupo de Onoda seguía siendo la guerra. Vivían de lo que robaban a los campesinos, se movían de escondite en escondite y cuidaban sus fusiles como si el ataque fuera a llegar mañana.

Los compañeros que fue perdiendo

El grupo se fue quedando sin gente. En 1950 uno de los cuatro, el soldado Yuichi Akatsu, se separó y se entregó. Gracias a él, Japón supo que había más hombres escondidos en Lubang, y desde entonces se buscó a Onoda varias veces sin éxito.

Otro compañero, el cabo Shoichi Shimada, murió en un enfrentamiento en 1954. El último, Kinshichi Kozuka, murió en octubre de 1972 en un tiroteo con la policía filipina. A partir de ese día, Onoda siguió solo.

El viajero que lo encontró

El final llegó de la forma menos esperada. En febrero de 1974, un joven japonés llamado Norio Suzuki, que viajaba por el mundo, acampó en la selva de Lubang. Había dicho a sus amigos que buscaba tres cosas: al teniente Onoda, un oso panda y el abominable hombre de las nieves, en ese orden. Encontró la primera.

Onoda habló con él, pero le dejó claro que no se rendiría por la palabra de un desconocido. Solo aceptaría una orden de un superior. Suzuki volvió a Japón con fotos de los dos juntos como prueba, y el Gobierno japonés buscó al hombre que podía dar esa orden: el antiguo comandante de Onoda, el mayor Yoshimi Taniguchi.

La rendición, en marzo de 1974

A principios de marzo de 1974, Taniguchi viajó a Lubang y le leyó a Onoda la orden que anulaba la de 1944: las operaciones militares habían terminado. Según The Guardian, Onoda lloró sin poder parar cuando entregó su fusil.

Días después, en Manila, se rindió formalmente ante el presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos, con su viejo uniforme y su espada. Es el momento de la foto de arriba. Marcos lo indultó por lo que había hecho en la isla.

Lo que no se cuenta en los vídeos

En casi 30 años de «guerra», Onoda y sus compañeros atacaron a los vecinos de Lubang, que para ellos eran el enemigo. La BBC y The Guardian hablan de unas 30 personas muertas. Por eso, mientras en Japón lo recibieron como a un héroe, en la isla muchos no lo perdonaron nunca. Las dos cosas son parte de la misma historia.

¿Qué hizo después?

Volvió a Japón en 1974 y lo recibieron como a un héroe, pero le costó adaptarse a un país que ya no reconocía. En 1975 se fue a Brasil y trabajó como ganadero. En 1984 regresó a Japón y abrió campamentos de naturaleza para niños, donde enseñaba a vivir al aire libre.

Murió en Tokio el 16 de enero de 2014, a los 91 años. En una entrevista de 2001 lo resumió así: «Luché e hice lo mejor que pude. Nunca me he arrepentido de nada».

Su historia sigue fascinando porque plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde debe llegar la obediencia? Onoda cumplió una orden con una lealtad casi imposible, y esa misma lealtad le costó media vida y les costó la vida a otros.

Fuentes y referencias

Preguntas frecuentes

¿Cuántos años estuvo Hiroo Onoda escondido en la selva?

Casi 29 años después del final de la guerra. Llegó a la isla de Lubang en diciembre de 1944 y no se rindió hasta marzo de 1974.

¿Por qué Hiroo Onoda no se rindió en 1945?

Tenía órdenes de hacer la guerra de guerrillas y no morir. Pensó que las octavillas y los mensajes que anunciaban el fin de la guerra eran trampas del enemigo, y solo aceptó rendirse cuando su antiguo comandante viajó a la isla para anularle la orden.

¿Hiroo Onoda mató a alguien?

Sí. Según la BBC y The Guardian, él y sus compañeros mataron a unas 30 personas de la isla de Lubang. El presidente Ferdinand Marcos lo indultó en 1974.

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